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Viajar a Marruecos resulta ineludiblemente excitante desde el inicio, pues lo primero que sorprende al viajero es partir hacia abajo, hacia el sur, al menos a alguien como yo, nacido y criado en la provincia de Cádiz. Si para colmo añadimos que nada más empezar hay que embarcarse, la sensación de emoción y de gran viaje (aunque realmente no lo sea), ya está servida.
He viajado por Marruecos en coche, autobús, en camión, por supuesto a pie, en bicicleta, a lomos de mulas y de algún que otro camello, y más recientemente en moto. Todos y cada uno de estos viajes, de estos momentos, han significado una gran experiencia personal, pues considero que el mayor encanto del país vecino resulta no sólo de los paisajes, que también, sino sobre todo de un conjunto de vivencias, sensaciones y relaciones que hacen que cada periplo sea único e irrepetible.
Una vez cruzado el estrecho de Gibraltar nos enfrentamos a la primera prueba, de fuego a veces: la aduana de Sebta (Ceuta), lugar curioso cuyo funcionamiento nunca acertaré a entender, y eso que ahora está bastante más “modernizada” que hace unos años. Uno nunca sabe realmente cuánto tiempo va a esperar aquí ni de qué depende, ni si van a surgir problemas, si faltará algún papel o si estará todo correcto. Lo mejor es armarse de paciencia, no enfadarse con nadie, mostrar respeto a los innumerables jefes, jefecillos y jefazos que por allí deambulan ataviados de muy diversas y pintorescas formas, aceptar la ayuda de los “gorrillas” que te rellenan los papeles y dejarse llevar por el sistema, o por la falta de él, hasta que obtiene uno el paso franco al interior del país.
El Marruecos del norte no es mi preferido, no me termina de gustar el ambiente fronterizo, el trapicheo ni el tráfico de sustancias o personas, pero de todas formas, hay que reconocer que paisajísticamente, las montañas del Rif son de una gran belleza. Siempre tiene uno esa sensación de estar en los montes y pueblos andaluces, pero de hace cincuenta años.  Hemos subido al jbel Musa, la columna de Hércules, al jbel Kelti, con sus bosques infestados de macacos, a los pinsapares de Xauen e incluso al Tidirhine, la gran montaña blanca de Ketama, rodeada de plantaciones de “mandanga” verde.
Pero a medida que nos internamos en el reino marroquí me voy sintiendo más a gusto, más relajado. La ciudad de Fez es la que más veces he visitado, y ya casi me oriento por el enorme laberinto de su medina antigua. Aún disfruto con el regateo de los curtidores o las cooperativas textiles, y me encanta comer una deliciosa pastela de pichón en uno de esos antiguos ryad, tan sobrios por fuera como hermosos y recargados por dentro.
A pocos kilómetros al sur de Fez se levantan las estribaciones del Atlas Medio, con sus numerosos lagos, sus antiguos volcanes y sus frondosos bosques de cedros, un paraíso para caminar, para rodar en bici o en moto. En invierno, cuando comienzan a cerrarse las “barrières de neige” (auténticas barreras vigiladas, infranqueables, que pueden cortar el paso de una carretera durante días) es cuando la zona adquiere toda su belleza, con los bosques nevados, su olor a leña de cedro y sus cumbres más atractivas que nunca, de las que recuerdo especialmente el jbel Hayanne y el Bou Iblane, este último una gran y remota montaña.
Superado el macizo montañoso, el entorno comienza a desertizarse, atravesamos el “plateau” de l‘Aride, barrido por los fríos vientos que bajan de la cordillera del Alto Atlas, y donde recuerdo un té compartido con una paupérrima familia de nómadas en su jaima. Esta es la verdadera montaña, la de las altas cimas que superan los 4.000 metros, la de las aldeas beréberes perdidas en el tiempo y el espacio, la de los altos pasos o collados, las grandes nevadas e inundaciones, la naturaleza salvaje y desnuda.
Excepción hecha del jbel Toubkal, la más alta cima del norte de África, y donde existe un refugio y una masificación cada vez mayor de turistas y montañeros, el resto de cumbres del Alto Atlas tienen un sabor de expedición, de descubrimiento, de soledad, difícil de explicar y para mí sólo comparable a la sensación que he experimentado en las montañas del Himalaya. Son montañas puras, sin humanizar. Se parte de los pueblos, se alquilan mulas y muleros, se remontan los valles y se duerme a la sombra de antiguos ksar o fortalezas. De los mejores recuerdos montañeros de mi vida, que tengo unos cuantos, sin duda ocupan un lugar especial dos cumbres de este macizo: el Irhil M’Goun, con un trekking fabuloso, y el jbel Ayachi, en condiciones invernales.
Pero en Marruecos no sólo hay montañas. Tras la cordillera está el gran sur, las grandes “hamadas”, enormes llanuras de piedra calcinada, las kashbas y los poblados de adobe, los oasis y palmerales, los grandes ríos que desaparecen bajo una tierra muerta de sed y por fin, los fabulosos “erg”, las dunas de arenas doradas. No hay mejor forma de acabar un viaje por el país vecino que disfrutar de una puesta de sol o un amanecer, o las dos cosas, desde lo alto de una gran duna, en Merzouga o en M’hamid, más allá de Zagora. La sensación de paz, de equilibrio, de plenitud que produce caminar por estas enormes masas de arena, resulta compleja de describir.
Pero llega la hora de volver, de girar de nuevo hacia arriba, hacia el norte, de visitar la siempre exótica Marrakech, roja y africana, y de perderse por sus calles y plazas, cada vez más turísticas pero siempre auténticas. Mi particular y sencilla forma de despedirme de Marruecos suele ser ante una buena ración de pescado frito y una botella de vino blanco marroquí en casa del amigo Zarkaui, en Asilah, en la costa atlántica.
A cualquiera que lea estas líneas le podría parecer que lo hice ya todo en este país, que lo conozco entero. Nada más lejos de la realidad, me queda muchísimo por ver, por descubrir, muchas montañas por subir y muchas buenas personas que conocer. Afortunadamente.
Ojala pronto volvamos a bajar. Francisco Javier Souto Rubiales es montañero federado desde 1.981 y fue el primer guia de viajes que trabajó para ALVENTUS. Ha sido presidente del Club Sierra del Pinar de Jerez durante varios años y vocal de la Federación Andaluza de Montañismo. Como viajero ha participado en varias expediciones a Nepal, India, Ecuador, Turquia y Marruecos, entre otras. Es autor de una guia de bicicletas de montaña, publicada por el Ayuntamiento de Jerez y hoy agotada. Sus colaboraciones en libros y revistas especializadas son frecuentes, así como sus conferencias y proyecciones audiovisuales.
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