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Rondaría apenas los quince o dieciséis años aquellas primeras veces que, en compañía de mi primo Manolo, me encaramaba por los riscos de la sierras de Cádiz. Recuerdo perfectamente uno de esos pocos días claros en los que la atmósfera aparece cristalina, sin nieblas ni brumas, gracias a lo que pude observar, más allá del peñón de Gibraltar y de la estrecha franja de azul mar, una cadena montañosa cuya existencia hasta entonces ignoraba.
Unos cuantos años más tarde, me encuentro paseando sobre la cubierta de un vetusto y mohoso ferry, con un aire frescachón de poniente que me obliga a cerrar el cuello de la chaqueta mientras contemplo la silueta de jbel Musa, la mítica columna de Hércules, que pese a su modesta altura, se yergue imponente sobre la costa cercana a Ceuta.
La cordillera del Rif: un nombre evocador de leyendas, de piratas beréberes, de invasiones, de luchas y alzamientos contra el dominio extranjero, desde Roma hasta la más reciente historia de España, de pueblos rebeldes y de combates sangrientos, de líderes nacionalistas y de caudillos incipientes… Más en nuestros días, las historias cambian y se hacen más sórdidas, de camellos y pateras, alijos, corrupción y cadáveres en la playa.
Las montañas del Rif ocupan toda la costa norte de Marruecos, desde Tánger a la desembocadura del Muluya, con varias cumbres que superan los dos mil metros de altitud, profundos valles y extensos bosques de cedros y pinsapos, aunque éstos últimos no son iguales que los de Andalucía sino otra especie diferente: el Abies marocana.
La primera vez que acudí a este macizo, mi objetivo era la cumbre más alta, el pico Tidirhine, que con 2.500 m. de altitud se levanta al este de Ketama. Llegar a esta población con el coche es fácil, vía Xauen. Lo complicado es una vez aquí convencer a los lugareños de que tu intención es hacer montañismo.
- Hachís bueno, amigo, barato. Pata negra, polen dabuti. Cuánto vas a querer? - No mira, que nosotros lo que queremos es subir al Tidirhine, colega, que somos montañeros. - Si amigo, claro, montañero,… y yo torero, amigo, claro que sí. Venga, cuánto vas a querer?
Como en una película de Tarantino. Persecuciones de coche, camellos que se te plantan delante y no te dejan seguir y continuas y agrias discusiones alrededor del mismo tema. En nuestra desesperación, incluso acudimos al cuartel de la policía, donde con un cinismo increíble nos contestan que eso no puede ser, pues el comercio del hachís está totalmente prohibido en el reino de Marruecos.
En otra de las interminables peloteras con un nuevo grupo de cinco o seis vendedores, aparece de pronto la figura serena de Ahmed, quien con un par de contundentes frases en árabe disipa a la jauría de vociferantes camellos.
- Tranquilos amigos, yo guía de la montaña Tidirhine, mi casa refugio, no hachís, no kif, no polen. Venid conmigo.
Ciegamente, como si nuestra vida dependiera de él, nos entregamos al recién llegado, quien nos conduce a su casa, en las afueras de Ketama, al pie mismo de la montaña, en una zona preciosa rodeada de bosques de cedros y, cómo no, de plantaciones del verde elemento.
Nos alojamos en la pequeña morada de nuestro anfitrión, compartiéndola con su numerosa familia, que rápidamente nos hace un hueco para que estemos cómodos. Toda la aldea se encuentra en plena recolección del cannabis, por lo que andan muy atareados arriba y abajo, transportando las matas en grandes haces, almacenándola y en algunos sitios concretos, vareándola y pasándola por el tamiz para obtener el preciado polen.
Todo el proceso se realiza en medio de un ambiente festivo, con mujeres y hombres que van y vienen canturreando y que nos saludan afablemente, en una mezcla de curiosidad y extrañeza al vernos allí en medio. Por un instante, ya sé que la comparación puede parecer odiosa, pero no puedo evitar recordar y relacionar este ambiente con la vendimia de mi tierra, en Jerez. 
Al día siguiente, muy de mañana emprendemos la ascensión a la montaña, que aparece cubierta por un reluciente manto nevado sobre el verde de los oscuros cedros. A la sombra de estos grandes árboles transcurre buena parte de la subida, que poco a poco va ganado altura y montándose en la cuerda de divide las dos vertientes de la sierra. Por una fácil cresta de rocas y nieve subimos y bajamos como si de una inmensa atracción de feria se tratase, hasta llegar al vértice de la cumbre, donde encontramos una pequeña caseta, lugar de oración para los peregrinos que una vez al año suben hasta aquí desde distintos puntos de la región.
El día es formidable, apenas sopla viento y un sol primaveral calienta nuestros cuerpos mientras contemplamos el vasto paisaje. Al norte, más allá del mediterráneo, se distingue como una difusa nube blanca la silueta de Sierra Nevada. Las tornas han cambiado, ahora las montañas del otro lado son las mías.
Al sur, las grandes llanuras del corredor de Taza y las seductoras moles nevadas del Atlas Medio, invitando a una próxima visita.
Es la hora de regresar, a nuestro refugio, a la casa de nuestro ya amigo Ahmed, al centro neurálgico de la producción del hachís, pero donde nadie nos presiona para comprar ni consumir, dejando que todo se produzca de forma natural. Ni tan siquiera Ahmed quiere cobrarnos por el hospedaje y los servicios prestados, aunque al final termina aceptando un regalo.
Son las historias que siempre, de un modo u otro, me han acompañado en mis salidas a las montañas de Marruecos, un país amable como pocos, a pesar de cierta mala fama, y un lugar donde aunque no se lo crean, aún es posible la aventura. Francisco Javier Souto Rubiales
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