Cronista
Faustino Rodríguez
a 11/12/07
  VENEZUELA  
Himalaya
  TEPUYES DE VEZUELA  
Un viaje al “Mundo Perdido”
a decir verdad, y mirándolo bien, su destino no era en realidad la Guayana venezolana, su auténtico destino era el país de las fantasías y los sueños: ese lejano e inconcreto país al que todo ser humano aspira a llegar algún día.
“ICARO”. Alberto Vázquez Figueroa

Un equipo de VIAJES ALVENTUS viajó recientemente a VENEZUELA, el objetivo: conocer las montañas y selvas de este impresionante país, un lugar que nos ofrece múltiples posibilidades para organizar rutas y expediciones. A continuación os ofrecemos el relato de una de las actividades realizadas, la ascensión del Tepuy Roraima.

Un ambiente algo “caliente” y no precisamente por el clima tropical nos recibió a nuestra llegada a Venezuela. Para los próximos días el pueblo está convocado a referéndum por la posibilidad de modificar el texto constitucional de ese país, algo realmente delicado y podemos comprobar que las diferentes posturas tanto a favor del “si” como del “no” están muy enfrentadas. Afortunadamente no se nos había “perdido nada” en las ajetreadas calles de las diferentes capitales por donde pasamos y pronto decidimos salir en busca de nuestro “Mundo Perdido”.

Una montaña llamada Roraima

Para los próximos días nuestro objetivo se va a centrar en atravesar el extensísimo territorio que compone la llamada “Gran Sabana” y ponernos al pie de los afamados Tepuis. Desde Ciudad Bolívar, ciudad situada a unos seiscientos kms. de Caracas,  aún tenemos otros más de setecientos kms. para llegar hasta Santa Elena de Uairén, en la misma frontera con Brasil y Guyana. Numerosos controles militares se suceden a lo largo de este territorio vacío y fronterizo hasta que por fin llegamos a Santa Elena.
Los Tepuis, “Cerro” en el idioma Pemón,  son montañas muy antiguas, extremadamente antiguas y a la vez raras en su género. Muchos Tepuis, como el Roraima son formaciones que se encontraban unidas cuando Africa y Suramérica formaban juntas un único supercontinente llamado Gondwana. Este sistema fue erosionándose formando lo que es en la actualidad el Macizo Guayanés hace ahora unos 1.800 millones de años. Se trata de un área geológica que abarca más de un millón de kilómetros cuadrados y se extiende desde las montañas del Tafelberg al este, en Surinam, hasta la frontera con Colombia en el Orinoco, al oeste y, desde el norte del estado de Bolívar, en Venezuela, hasta los estados de Amazonas, Roraima y parte de Amapa, en Brasil, en el sur. Montañas sagradas desde la antigüedad para los indios que habitan la región, fueron siempre un territorio poco explorado hasta fechas relativamente recientes, lo que llevó a que de siempre estuvieran rodeadas de una aureola de misterio y enigmas. Esto hizo que escritores como Arthur Conan Doyle fantasearan con estos paisajes, así este  afamado autor escribiò su “best seller”: El Mundo Perdido, y nos hablara de que en sus inexploradas cimas se encontraban extrañas plantas, animales salvajes y hasta dinosaurios. Los dos primeros supuestos son realidad pues en las altas cimas de los Tepuis podemos encontrar curiosos endemismos de flores y plantas, algunas de ellas carnívoras y animales como anfibios e insectos extraordinarios.
 
Carl y Tomuku, un surafricano y una japonesa que viajan solos e indistintamente nos proponen unirse a nuestra Expedición al Roraima. La propuesta nos viene bien pues así compartiremos gastos. La infraestructura y el apoyo logístico de la Expedición se la encomendamos a Roberto Marrero, un veterano organizado de rutas y expediciones tanto en la Sabana como a los Tepuis. Roberto es el encargado de buscarnos al necesario Guía indio de la etnia Pemón, necesario para adentrarse en la zona, así como a los porteadores, material de acampada, comida, etc. 

-“Están ustedes en un lugar mágico señores. Saboreen esa magia, entren con el cuerpo en paz, con el espíritu en paz, con la mente en paz…, de seguro que entonces los dioses que habitan en el Roraima  les bendecirán y su viaje discurrirá sabiamente, volverán bien y en paz “. Así nos despidió Roberto.  Un hombre, que por otro lado, nos habló de que la zona está cargada de misterio, según él, los Tepuis de la zona del Roraima son “lugar de aterrizaje de ovnis y es el lugar de la Tierra donde se tienen más avistamientos”. Roberto nos enseñó una dedicatoria personal de su amigo el escritor J.J. Benitez, autor de “Caballo de Troya” y de muchos libros esotéricos y de misterio.

Un camino hacia las nubes

El aire vuela templado y el sol pega recio cuando comenzamos nuestra caminata. Vamos atravesando terreno de sabana, un bucólico paisaje de yerbas altas salpicado de algunos bosquetes selváticos, la ruta es un continuo subir y bajar colinas y como telón de fondo los impresionantes Tepuis Kukenan y Roraima que, enigmáticos, se alzan sobre selvas y sabanas. Conforme va avanzando la tarde poderosas nubes se van descolgando de los Tepuis, nubes que engrandecen las dimensiones de estos colosos gigantescos, poco a poco impresionantes “cumulus nimbus” se van colocando en la parte oriental del Roraima y vemos  a lo lejos extensas cortinas de lluvia que comienzan a regar el pie de monte y la sabana.  Después de unas cuatro horas de cómodo caminar llegamos al primer campamento, se trata del  lugar conocido como Río Tek, un río que baja caudaloso de las inmediaciones del Tepui Kukenan. Nos acomodamos en una pequeña choza Pemón. Rogelio, nuestro Guía indio, nos comenta: - “Pueden ir a bañarse al río, hay unas buenas “piscinas”, después, pónganse repelente y cúbranse pronto pues los “puri-puri” empezarán pronto su batalla”. Los “puri puri” se parecen más a una mosquita minúscula que a un mosquito clásico pero se trata de un insecto implacable que a la caída de la tarde y alrededor de los grandes ríos sale en numerosas “escuadrillas” a chupar sangre y a dejarte alojado un minúsculo aguijón que te producirá fuertes picores durante varios días. Nuestra amiga, la japonesa Tumuku no parece hacer mucho caso y los puri puri comienzan a comérsela literalmente.

La mañana amanece fresca y radiante y pronto, antes de que el sol pegue más de la cuenta cruzamos el río Tek para media hora después vadear el río Kukenan. El vadeo lo hacemos buscando zonas donde el río se muestra menos caudaloso, después,  el terreno decididamente comienza a empinarse. Al poco vamos observando restos de bosque quemado, los indígenas Pemón siguen manteniendo una práctica nefasta, la quema de bosques para conseguir pastos y buena caza.  Tomuku va lenta y un poco cansada aunque no pierde nunca su sonrisa típicamente japonesa. Luce mangas y pantalón corto y va literalmente “agujereada” por los “puri puri”. Carl, el “organizado”  surafricano le dice en tono casi enérgico que se cubra con mangas y pantalón largo y que definitivamente se embadurne en repelente. Tomuku mueve la cabeza repetidamente en clara señal de “si,si,si”…, pero al cabo de quince minutos vuelve a tener los pantalones remangados. Comenzamos a subir algunas pendiente fuertes y vamos ya decididamente hacia la base de la ciclópea pared del Roraima. Vamos viendo claramente la vía de ascensión a la cima; hasta ahora parecía no haber un  paso lógico de subida pues desde la distancia toda la montaña parece estar defendida por impresionantes murallas verticales.

Ahora, a un lado de la pared y entre las colosales murallas vemos una franja, que aún apareciendo vertical desde aquí si parece posible la ascensión; es lo que llaman “La Rampa”, una sucesión de resaltes rocosos y herbáceos por donde se abre paso un aéreo sendero que en principio nos va a conducir directamente a la cima. Vamos a buen paso, saboreando la grandeza del paisaje, Tumuku va algo lenta y parece que cansada pero siempre ¡sonriente!, Roger, el guía Pemón la va animando; estamos ya muy cerca de los farallones rocosos que conforman la gigantesca pared del Tepui y con ello llegamos al segundo campamento. Encontramos unas agradables plataformas herbáceas de excelente panorámica para instalar nuestro campamento y justo al lado una pequeña cabaña de madera hace las veces de “cocina”.  Vamos a bañarnos a un arroyo cercano y de aguas decididamente frías y tras tomar un refrigerio nos disponemos a relajarnos y ver cómo la tarde cae placidamente sobre estas soledades. Al poco y con la velocidad del rayo negros nubarrones se descuelgan del Tepui y arrojan litros de agua a “cubazos” sobre nuestro campamento. La tormenta dura poco y el paraje cobra su tradicional quietud. Cenamos arroz al curry y una riquísima piña. En la terraza y hacia el oeste el cielo se llena de colores, el sol comienza a desaparecer sobre las lejanas tierras de Canaima, las grandes nubes que flotan en lontananza se incendian de rojo y naranja y el cielo estalla en mil tonalidades, la noche llega lentamente y con ella multitud de estrellas se confunden con las luciérnagas que nos sobrevuelan. A la vez una nueva “orquesta” hace su aparición y del bosque cercano multitud de ruidos y sonidos conforman extrañas  melodías que llenan de misterio la noche bajo el Tepui. 

El lugar padre de todas las aguas

Desayunamos arepas de jamón y queso y un buen café largo. Poco después comenzamos la fase final de la ascensión al Tepui Roraima. Tras atravesar algunos riachuelos el sendero comienza una fuerte ascensión que nos va a conducir hacia la misma base del Tepui. El recorrido se asemeja en algunos tramos a una escalada fácil pues vamos superando resaltes donde es necesario progresar ayudándonos con las manos a través de cómodos agarres en la roca. Poco después la vegetación se hace selvática, descubrimos raras plantas de hojas gigantes y en medio de la espesura verde surgen llamativas flores de vivos colores, helechos y brezos arborescentes, curiosas y estilizadas palmeras… nuestro discurrir parece semejarse a diminutos seres atravesando un jardín de gigantescas y extrañas plantas.

Hace bochorno, el típico fragor selvático que nos trae aromas de tierra húmeda, querenciosos olores dulzones y sensuales que nos transportan a un mundo mágico. El sendero casi no nos da respiro, de cuando en cuando paramos para recuperar el aliento. Tumuku sigue en su línea, va casi agotada pero de nuevo sonriente. Hacemos una parada en el lugar conocido como el “Mirador de los Dioses”; estamos ya muy altos, desde aquí observamos las impresionantes paredes del Tepui y vemos que nos encontramos poco más arriba de la mediación de la descomunal “tapia”. A lo lejos y muy abajo las solitarias sabanas de donde venimos. Ahora, pasamos por un pequeño bosquete de palmeras muy delgadas que están casi cosidas literalmente a la pared. Poco después el espectacular camino nos depara otra sorpresa y llegamos al lugar conocido como el “Paso de las lágrimas”, hasta aquí y desde la colosal altura del Tepui se descuelga un impresionante salto de agua. Descansamos un buen rato arrullados por el rumor de la cascada y al poco llega  Roberto. Roberto es de las pocas personas  que aún siendo porteador no es un indio pemón. Roberto tiene siempre colgada una sonrisa en su cara y habla mucho con nosotros, tiene una amplia cultura, un excelente dominio del castellano y un hablar melodioso, se podría decir que como muchos venezolanos “hablaba bonito”. Le gustaría ser mecánico de motos;  –algo de mecánica estudié en Caracas mi hermano pero me vine acá pues allí la vida está complicada. Miren, cuando allí no hay repuestos para una moto va un bandido y le pega cuatro tiros al propietario para robarle las piezas.
Roberto es la primera vez que trabaja como porteador y ayer estaba casi derrotado, con calambres en las piernas y dolores musculares. -¿Qué tal Robert, cómo vas hoy?, -mejor compadre¡¡; ahora el que va mal es el “indiecito”, el “indiecito” viene más abajo y hoy el “indiecito” viene “mamado”.   El ser humano siempre tuvo un gran consuelo en las desgracias de los demás.

Tras el “Paso de las lágrimas” comenzamos a escalar directamente la llamada “Rampa”. La ascensión se empina considerablemente pero la hacemos rápida y franca. Un poco más y ya estamos¡¡¡¡. Por fin, alcanzamos la cima del Tepui. El paisaje que se abre ante nosotros es sumamente “extraño”, raro, misterioso. Una amplia meseta, una plataforma de 30 kms.2,  levita sobre las selvas y sabanas defendida por todos lados por tajos verticales de más de mil metros¡¡¡. Vamos descubriendo pequeños ríos, laguitos, extrañas plantas, rocas de mil formas, laberintos pétreos donde es sumamente fácil perderse…, se tiene la sensación de estar en otro Planeta y en cierto modo casi es así. El Tepui es una “isla” que emerge sobre mares de jungla virgen y sabanas interminables. Las sabanas se extienden de donde venimos, de la zona de Venezuela y las junglas hacia el otro lado, las extensas selvas de Guayana Esequiba y del Brasil. Casi sin darnos cuenta hemos llegado a los que los nativos llaman el “hotel”. El “hotel” no es otra cosa que una cavidad en forma de abrigo bajo la cual aprovechamos para instalar un cómodo campamento a salvo de los feroces vientos y constantes aguaceros que de cuando en cuando barren la cima de nuestra montaña. Cae la niebla sobre el Tepui y un plato de spaghetti nos reanima antes de caer rendidos en el saco.

La mañana siguiente la empleamos en explorar los alrededores. Llegamos a uno de los extremos del Tepui Roraima. El lugar es impresionante, frente a nosotros se alza el no menos colosal Tepui Kukenan y entre los dos el llamado “paso de los Tepuyes”. Las nubes juegan con las montañas y muy abajo, a más de mil metros de caída vertical y hacia oriente se abren las profundas y misteriosas junglas de la Guyana, cientos de kilómetros cuadrados de vacío casi absoluto, no hay carreteras, no hay caminos, sólo ríos y un mundo de perfidia vegetal. Al otro lado, Brasil y más  selvas..., un mismo lugar, un mismo paraíso perdido, fantástico, misterioso e impresionante.. Pero, ¡qué mundos más diferentes! éste de la cima del Tepui y el otro a más de mil metros más abajo, un universo de aguas musculosas, árboles gigantes como titanes, lagos furtivos, ciénagas pantanosas,  jaguares y anacondas admirables, selvas y más selvas que guardan criaturas extraordinarias y demonios transvestidos de insectos. Extasiados con la grandeza del panorama, un panorama muy diferente a los de otras cimas que a lo largo de mi vida he ascendido, no me he dado cuenta de que nuestro guía Rogelio nos preparaba una sorpresa y de su mochila saca un termo de rico café venezolano. Disfrutar de un café aquí no tiene precio. Al poco seguimos nuestro deambular, vamos descubriendo arroyos que vierten sus aguas sobre los abismos, pequeños lagos sobre plataformas de mineral de cuarzo que parecen diamantes, extrañas y  coloridas plantas que al juntarse con rocas y aguas verdosas dan la sensación de que nos movemos sobre un “jardín zen”. A veces pienso y no dejo de extremecerme cuando conozco que el nombre de Roraima significa en el idioma de los Pemón  “el lugar Padre de todas las Aguas” y que ríos que nacen en esta meseta negra y calcinada van a parar a los grandes ríos Orinoco y Amazonas.

Almorzamos arroz con chorizo brasileiro y vegetales y el resto de la tarde nos tumbamos como lagartos aprovechando las piedras calentitas. A la vez, el tibio sol  nos aletarga y  embriaga y de pronto tenemos  la sensación de estar en la cubierta de  un gran barco a la deriva, una deriva mágica y errante sobre sabanas y selvas. La tarde cae suave y cómo siempre las nubes acarician las cimas mientras los últimos rayos de sol ofrecen un tono cálido a  la puerta de “nuestro hotel” que Rogelio ha bautizado como “Hotel San Francisco”.

Una noche ventosa deja paso a un nuevo amanecer, huele a humedad y dulces plantas selváticas cuando asomo mi cabeza al día que llega. Dos cafés me devuelven a la vida y al poco emprendemos la bajada, una bajada rápida por la “Rampa”, vamos dejando atrás el mundo del Tepui, sus extrañas y convulsas piedras, sus preciosas y enigmáticas plantas, sus brillantes minerales, sus pequeños ríos y lagos, sus “jardines zen”, sus nubes y sus vientos…, vamos dejando, quizás para siempre,  un mundo hecho de roca y silencio.

FAUSTINO RODRIGUEZ QUINTANILLA